COMPAÑÍA

GALA & MATTHEWS

 

La compañía se funda en Madrid en 2016 cuando la bailarina Cecilia Gala comienza a colaborar con el músico Wade Matthews. Desde entonces han trabajado juntos como dúo y también en colaboración con otros artistas, tanto en España como en otras parte de Europa.

Su trabajo se centra en el diálogo, entendido en el sentido más ámplio del término: diálogo entre ellos, cada uno con su propio medio; con el espacio y el momento, y como forma de canalizar la energía producida por la atención del público. Gracias a una honda formación en la danza Butoh, Cecilia Gala comparte con Matthews la voluntad y la capacidad de basar su concepción artística en la percepción del instante. Así, ambos entienden la coherencia como algo basado más en el momento vivido que en la repetición de lo previamente memorizado.


Trabajando con conceptos guía, elaboran actuaciones que conjugan la circunstancias de cada situación con un argumento a la vez claro y elástico. Picasso decía que para pintar un cuadro, hay que tener una idea, pero que esa idea ha de ser, forzosamente, abierta. Y es que el proceso que lleva a una idea, es decir una pura entelequia, hasta su plasmación en un medio como la pintura, la danza o la música, necesita dos cosas: primero, la claridad suficiente para guiar el proceso, y segundo, una elasticidad que admite su inevitable transformación, tanto  por la naturaleza del medio elegido como, en las artes escénicas, por las circunstancias puntuales de cada actuación. Los conceptos guía les permiten a Matthews y Gala realizar obras cuya capacidad de cambio y sorpresa asegura su identidad gracias a, en vez de a pesar de, las circunstancias distintas de cada actuación. La coherencia no es, pués, algo inherente a la obra en sí, sino a cómo se realiza en escenario.

Wade Matthews y Cecilia Gala en Prohibido Prohibir

Entre las actuaciones más destacadas de Gala y Matthews están su presentación de En el Cruce como parte de Prohibido Prohibir, un día entero de actuaciones en defensa de la libertad de expresión organizadas por la madrileña asociación CRUCE: arte y pensamiento con artistas como Narcoléptica, Ana Matey, Rubén Turba o µPlex, y su concierto en el Museo Vostell-Malpartida, donde invitaron al músico portugués Abdul Moimême (Rui Horta Santos) a colaborar con ellos.

Matthews y Gala presentan Escape en dúo en Zamora

Otras colaboraciones incluyen su participación en la creación y realización de la obra Escape, coreografiada por Cristina Masson para la compañía Enclavedanza y producida por ES.ARTE. La creación tuvo lugar durante una residencia en Tuscania, Italia con preestreno en Italia y posteriores actuaciones en Madrid (Festival LDC), Salamanca, Zamora, Soria, Ávila, y otras ciudades, varias de ellas en dúo. 

Gala y Matthews con violinista Luz Prado en la presentación de Cruciales

También actuaron en trío con la violinista Luz Prado en la presentación madrileña del libro Cruciales, obra que incluye entrevistas con los tres.

Cecilia Gala en Skin Film, Festival Rayo, Matadero Madrid

Recientemente participaron en la creación de Skin Film, junto a la especialista en cine expandido Deneb Martos. Estrenaron esta obra en Matadero Madrid como concierto inaugural del Festival Rayo 2020 de artes visuales expandidas.


OBRAS EN REPERTORIO

Dos sillas (o el confinamiento)


Durante el confinamiento, un artista francés colgó en las redes un plano de su pequeño apartamento con la irónica frase: "estoy mirando el mapa, a ver a dónde ir este fin de semana." Con ese plan y ese plano, definía una realidad delimitada por los muros externos de su piso, dibujados en un mapa que nos recuerda aquellos de la Edad Media con esquinas adornadas por  querubines de pelo rizado y chapetas infladas que soplaban los vientos desde cada punto cardinal.


Esos antiguos planos delimitaban los bordes del mundo conocido, más allá del cual, según señalaban, hay monstruos. Pero en nuestro(s) confinamiento(s), los bordes no se sitúan en los confines de la tierra ya cartografiada sino justo al otro lado de la puerta de nuestras casas. Y el miedo por lo que nos pudiera acontecer al cruzar esa frontera viene de entrar en una zona poblada no de monstruos sino de peligros invisibles, intangibles, o las dos cosas a la vez.


Por otra parte, había cierta seguridad en los planos antiguos. Una leyenda que avisa de monstruos allende las fronteras nos permite la grata ilusión de que no los encontraremos dentro de ellas. Pero en el confinamiento, nos acechan otros, y desde mucho más cerca: la soledad, la sensación de pérdida, la falta de abrazos o caricias, la incomunicación y finalmente, la depresión... ¿Y para los artistas?


Dicen que tenemos espejos en nuestras casas para vernos reflejados y constatar que existimos. Para las personas que hacemos arte, existir es crear, y compartir nuestras creaciones con los demás es inventar y atestiguar ese reflejo especular que nos sustancia como humanos. Sin ello, los monstruos entran por la puerta y nos devoran, a veces con bocados tan pequeños, tan sigilosos que no nos damos ni cuenta hasta que falta la mitad de lo que fuimos.


De eso van nuestras Dos sillas; de cómo conjugar la aparente crueldad de que la misma palabra silla designa simultáneamente una metonimia de la inmovilidad individual y un objeto en el que montar para viajar a caballo. Para lxs artistas, la respuesta está en el viaje—quizá a ninguna parte, como los cómicos de la magistral película de Fernán Gómez—el viaje de la creación en sí, aún cuando, como ocurre en este año de la plaga, tiene más de fuga que de excursión. Se pregunta retóricamente Maurice Blanchot en L'Espace littéraire, ¿"cuántos artistas dejan tras ellos, como cicatrices de heridas mal cerradas, las huellas de sus sucesivas fugas, de sus retornos sin consuelo, de su aberrante ir y venir"?


La experiencia escénica es siempre un viaje. Vertebrada por el tiempo, eje irreversible, no admite más retorno que la memoria. Pero el paisaje, oh, ¡el paisaje! ¿Qué no podemos ver, en algún momento, por las ventanas de la imaginación? Esos vanos abiertos desde el espacio mágico del escenario nos ofrecen paisajes inconcebibles en ningún otro lugar. ¿Cómo, entonces, evocar lo contrario? ¿Cómo transmitir, en escenario, las sensaciones de inmovilidad? ¿Cómo cartografiar ese plano de confines, ese tenso compás de espera cuando ni siquiera la imaginación de lxs artistas sirve para dibujar la geografía de una futura normalidad posplaga? ¿Cómo figurarse los contornos escondidos al otro lado de un horizonte cuya constante fuga se nos antoja el aspecto menos esperado de una inmovilidad impuesta?


En Dos sillas, la respuesta está en la separación entre movimiento y desplazamiento. Ante la infinitud del espacio escénico, su capacidad de evocar cualquier lugar en cualquier momento, fijamos los límites, no del escenario sino dentro de él. Guardando el movimiento, lo ubicamos en la silla, con lo cual, suprimimos casi por completo el desplazamiento. La infinitud, propiciada al escenario por su acceso a los paisajes de la imaginación, se retiene puramente como contexto para ampliar, por contraste, la sensación de un cambio total de escala. La más mínima flexión de una mano, un hombro, un pie, constituye el compás entero del movimiento. Ajustar el peso en la silla supone llegar a los límites más allá de los cuales moran monstruos.


¿Y el sonido? Danza y música... movimiento y sonido... Cuando Debussy comentó a su amigo, Erik Satie que estaba componiendo una ópera, la que llegaría a ser Pelléas et Mélisande, éste le dijo: "procura que la música sea su escenografía". Y nada mejor que la música para escenografiar una danza confinada, para dibujar los paisajes atravesados durante un viaje interior. En Dos sillas, ni la música es caballo, ni jinete la bailarina. El viaje es otro y también la montura. En la electroacústica, las frases son propiciadas por el gesto humano, pero el sonido no nace de la energía del cuerpo sino de la oscilación eléctrica, una vibración ingrávida, la resonancia que nace del confinamiento, de su propio rebote de los límites del recinto.


Dos sillas es el movimiento sin desplazamiento, la danza destilada en un entorno negro como los fondos pardos de Velázquez, donde el espacio no se define, las fronteras son internas y el tiempo es la única estancia.

Placer & punto


Como no podía ser de otra manera, vivimos un momento en que las artes luchan por entender nuestra situación actual de plaga, confinamiento, soledad e inseguridad. Ante el miedo de encender la radio por temor a la retahíla de desgracias en forma de estadísticas de muertes, ingresos o infecciones, la Compañía Gala y Matthews pensamos que no debemos perder de vista que todavía hay placeres en esta vida y que, aun cuando no podemos compartirlos todos, sí podemos celebrarlos. De ahí nace Placer y punto. Celebramos, sin más, el enorme placer de la danza, de la música del momento y del lugar, y compartimos esa celebración con todo aquél y toda aquélla que quieran asistir. Si tenemos que proteger la vida, ¡es porque estamos vivos! Recordémoslo y celebrémoslo en condiciones. ¡Convoquemos la belleza del cuerpo en movimiento,  la eclosión de la música, la luz y la alegría humanas en una obra proteica que nace del momento y del lugar, cambiando de forma como lo hace el champán cuando pasa de la botella a la copa, y con la misma efervescencia. Un músico, una bailarina y todo un mundo por compartir.



PLACER Y PUNTO


Un músico, una bailarina.

Una música que celebra el movimiento, una danza que celebra el sonido.

Una celebración del momento

que cambia

en cada

momento.

el placer de celebrar

la celebración

del

placer.

Y punto.

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Xenofonia


La mayoría de las personas—con mucho la mayor parte de los habitantes humanos de la Tierra—nacen y se crian en un solo país, donde viven durante toda su vida. Para ellos, los extranjeros son otros, los no nativos, gente que es distinta en muchos sentidos de la palabra. Actualmente, sin embargo, hay 195 países en este planeta, con lo cual, si una persona sólo es nativa de uno, será extrajero en los otros 194. Así, desde una perspectiva global, la mayoría de la gente, incluidos los que siempre han vivido en su país natal, tienen una parte de nativo por 194 partes de extranjero. Estadísticamente, pues, todos somos extranjeros.


Mientras que la vasta mayoría de los humanos terrestres siguen considerándose nativos, hay algunos que ni siquiera se identifican en términos de su país de nacimiento. Por una u otra razón, se identifican sencillamente como "extranjero". Puede que sean inmigrantes o refugiados. Puede que se hayan trasladado a otro país para un comparativamente breve estancia de trabajo o estudios, para descubrir que, al volver a su país de nacimiento ya no se sienten en casa allí. En otras palabras, se han convertido en extranjeros, tanto en su país "nativo" como en el nuevo. Luego están las personas cuya madre es de un país mientras que su padre es de otro, y muchos de éstos se han criado en un tercer país que ni es de uno ni de la otra. Con cierta frecuencia, estas personas multiculturales están vistas como extrajeras vayan donde vayan y a menudo encuentran más fácil identificarse a ellas mismas como extranjera que intentar racionalizar, por no decir explicar, su identidad cultural plural a los demás, o incluso a ellas mismas.


Yo soy una de estas personas. Inmigrante, hijo de inmigrantes y nieto de inmigrantes, nací en un país del que no venían ninguno de mis predecesores inmediatos, y cuando cumplí los 16 años, ya había vivido por períodos de entre uno y tres años en seis países distinos. Actualmente, tengo pasaportes de dos naciones, ninguna de las cuales es donde nací. Ante las frecuentes preguntas acerca de mi nacionalidad, suelo contestar: "soy extranjero".


Hace unos años, comencé a entrevistar a amigos, compañeros y colegas profesionales que habían tenido experiencias personales como extrajeros. Mi plan era utilizar sus narrativas habladas como base para una pieza sobre esta cuestión cuya relevancia personal para mi es reflejada a una escala muchísimo mayor en las experiencias de tantos humanos por todas partes del mundo actual. Esta pieza es Xenofonia, el sonido de los extranjeros.


En su forma actual, Xenofonia es una obra de 50 minutos para una bailarina y un músico, presentada en cinco partes de aproximadamente 10 minutos cada una. La música concebida e interpretada por Wade Matthews se construye mediante la síntesis digital en tiempo real, la manipulación de grabaciones de campo y fragmentos de las entrevistas mencionadas anteriormente. La danza, concebida e interpretada por la bailarina Butoh española de formación japonesa, Cecilia Gala, ocurre en un escenario abierto con una o más sillas plegables por toda escenografía. La actuaciones cuentan con la iluminación de Pilar Duque, miembro íntegro de la compañía. Las cinco piezas utilizan sólo una pequeña parte del material verbal recogida para este proyecto y la idea es que suene una selección más amplia por los altavoces mientras entra y se acomoda el público en el teatro. Las entrevistas se han realizado mayoritariamente en inglés o español con una pequeña parte en francés. Los entrevistados son de España, Italia, Estados Unidos, Portugal, Inglaterra, Colombia, Líbano, Escocia y Túnez.


De momento, Xenofonia está sin estrenar y no hay vídeo de ella.

Diario de una pérdida


¿Quién no ha cerrado nunca los ojos para sentir mejor un beso? Y es que, limitar una capacidad humana sirve, a menudo, para privilegiar otra.


Para el músico Wade Matthews, esta idea tan natural y bella se ha manifestado de la forma más cruel imaginable. A lo largo de cinco años, ha tenido que vér cómo, a su compañera de más de tres décadas, la esclerosis lateral amiotrófica le privara progresivamaente de la capacidad de movimiento sin que menguarar en absoluto sus demás sentidos. Para ella, esta enfermedad ha supuesto  expresar con  gestos cada vez más pequeños la enormedad de emociones experimentadas por una persona decidida a vivir y a compartir su humanidad con una intensidad de ninguna manera concebible exclusivamente en términos de la tragedia. Para él, supuso la necesidad de agudizar progresivamente la capacidad de leer estos gestos, encontrando en el proceso que la intensidad podía estar, no en la expansividad del movimiento, sino en la profundidad de la percepción. Recuerda, cómo, poco antes de su muerte,cuando ya apenas podía mover los dedos, ella pidió a la madre de Cecilia que colocara en su mano un retal de seda que podía palpar para sentir su suavidad.


Para la bailarina Cecilia Gala, la pérdida ha sido menos terrible y todo menos irreversible. Tras una lesión en un pié, su médico le ha aconsejado no bailar durante seis meses para evitar daños mayores. Pero bailar es mucho más que saltar o correr. Como sabemos todos los humanos, a veces una mirada, una sonrisa tan sólo esbozada, una mano abriéndo o cerrándose dicen algo tan íntimo que su intensidad supera con creces los grandes gestos que seguramente se imaginaría el médico a la hora de concebir la danza.


En Diario de una pérdida, Wade Matthews y Cecilia Gala generan una obra íntima para espacios íntimos, donde la limitación del movimiento y la práctica eliminación del desplazamiento obran un cambio de escala gestual que potencia al máximo la intensidad de la percepción. Sentados en sendas sillas, Matthews y Gala intercambian gestos sonoros y físicos cuya contención transmite una intensidad despojada de todo atisbo de histrionismo, invitando a los espectadores a entrar en un diálogo cuya escala, más que pequeña, es destilada, una reducción a esencia que recuerda las ideas de artistas plásticos como Brancusi o Van Doesburg. Una cuidadosa iluminación y la cercanía al público completan la puesta en escena de una pieza de música y dánza cuya aparente sencillez crea una atmósfera donde la presencia del público potencia, con la energía de su atención, un diálogo tan intenso como incluyente.


Diario de una pérdida se estrenó en la madrileña sala Cruce: arte y pensamiento el sábado, 8 de mayo de 2021 con posteriores presentaciones en Zamora, Valladolid, Palencia y Burgos.